24 de Julio
de 2026
El Lado "G".

«La Argentina no necesita más administradores de la decadencia»

24. 07. 2026

El secretario general de los Municipales de Vicente López, Victorio Pirillo, le apuntó a la falta de representatividad política tanto del Gobierno como de la oposición.

por Victorio Pirillo

El ingenio, esa virtud que hoy algunos llaman creatividad, consiste precisamente en animarse a pensar por fuera de los moldes impuestos. Es desafiar el conformismo con la certeza de que toda obra humana será siempre perfectible; pero esa libertad de pensamiento es, justamente, lo que la partidocracia teme y combate.

De la realidad habitual surge que los partidos políticos han dejado de ser ámbitos de participación para convertirse en estructuras cerradas, controladas por pequeñas camarillas sin legitimidad popular. La democracia interna fue enterrada hace tiempo. Las candidaturas ya no nacen del debate, la militancia o el mérito, sino de acuerdos clandestinos pergeñados en oficinas cerradas, donde un puñado de operadores decide quién puede representar a millones de personas.

Esta dirigencia, divorciada de la realidad y del pueblo al que dice representar, no construye la Nación ni piensa en el bien común, ve al ciudadano como un simple consumidor electoral al que cada dos años intenta venderle un producto cuidadosamente empaquetado por consultores de marketing.

La vieja militancia, aquella que discutía ideas, recorría barrios y se formaba políticamente, fue reemplazada por un ejército de marginales rentados cuya lealtad no responde a convicciones sino a contratos y favores. Las unidades básicas, que alguna vez fueron escuelas de participación popular, fueron sustituidas por supuestos «centros culturales» convertidos en filtros burocráticos, cuya verdadera función es impedir que cualquier ciudadano con capacidad y vocación pueda desafiar a los malos políticos enquistados en el poder.

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Pirillo cuestiona tanto a la»partidocracia tradicional» como a la actual experiencia de gobierno.

La partidocracia ha perfeccionado un mecanismo perverso: desgastar a la sociedad hasta convencerla de que no existen más alternativas que los de siempre. Los mismos apellidos rotan indefinidamente entre cargos, partidos, listas y alianzas, reciclando fracasos bajo el relato de que “si me vuelven a dar otra oportunidad, esta vez será diferente”. Cambian los slogans, los colores y las fotografías; jamás cambian los protagonistas ni los intereses que defienden.

En ese contexto también debe analizarse el fenómeno político encabezado por Javier Milei. Lejos de representar una ruptura con las lógicas que dice combatir, aparece como una consecuencia del profundo deterioro institucional producido por décadas de partidocracia. Su gobierno expresa, para muchos, un nuevo síntoma de la crisis de representación: un poder crecientemente alejado de la vida cotidiana de los argentinos y de las necesidades concretas de la sociedad. Más que una superación del sistema, constituye la manifestación de un fracaso de 43 años de democracia.

También resulta artificial separar la macroeconomía de la realidad cotidiana de millones de argentinos. El proclamado equilibrio fiscal que tanto se pondera y del que tanto oficialistas como opositores son cómplices, pierde sentido cuando se sostiene, fundamentalmente, mediante la reducción del poder adquisitivo de Pymes, trabajadores y jubilados. No se trata únicamente de una discusión sobre ingresos y gastos del Estado, sino sobre quién soporta el peso del ajuste. Un orden fiscal construido sobre el deterioro de las condiciones de vida difícilmente pueda considerarse un verdadero equilibrio.

Las celebraciones de los mercados financieros tampoco pueden confundirse con una recuperación genuina de la economía. Cuando el endeudamiento alimenta nuevo endeudamiento, cuando la valorización financiera desplaza a la producción y cuando la especulación obtiene mayores beneficios que el trabajo y la inversión, las aparentes señales de estabilidad esconden fragilidades estructurales que terminan.

Una Nación que resigna herramientas de decisión en función de condicionamientos externos corre el riesgo de retroceder hacia formas de subordinación incompatibles con la tradición histórica de un país que alguna vez aspiró a construir un proyecto de desarrollo propio, basado en la producción, el trabajo y la justicia social.

El resultado es devastador, y todos hicieron lo suyo para llegar a este trágico desastre. La política dejó de ser una herramienta de transformación para convertirse en una industria dedicada a preservar privilegios. El proyecto colectivo fue deliberadamente demolido para dar paso al negocio político.

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Lo más grave es la consolidación de un sistema diseñado para expulsar a quienes piensan distinto, castigar el mérito, desalentar la participación, expulsar a los capaces y rodearse de cómplices para garantizar que nada cambie realmente. La partidocracia no teme perder elecciones, teme perder el monopolio de la política.

La llamada antipolítica, que hoy ocupa el Gobierno, no nació de manera espontánea ni representa una anomalía ajena al sistema. Es el producto de la propia partidocracia que durante décadas degradó las instituciones, debilitó la cultura del trabajo, deterioró la educación, la salud, la infraestructura y fracturó el vínculo entre la sociedad y la política. Al vaciar de contenido la representación y acumular frustraciones, esa dirigencia terminó incubando la reacción que hoy dice combatir. Convencida de que un gobierno sin estructura partidaria no podría sostenerse frente a los problemas estructurales que ella misma había ocultado durante años, apostó a que el inevitable costo de esa crisis recayera sobre el nuevo oficialismo y no sobre los verdaderos responsables del deterioro nacional. Así, procuró convertir a la anti política en el chivo expiatorio perfecto para preservar su propia supervivencia y preparar su regreso, eludiendo una vez más la responsabilidad histórica que le corresponde.

La Argentina no necesita más administradores de la decadencia disfrazados de salvadores, populistas ni CEOS obsesionados con conservar cuotas de poder, precisa recuperar la política como una vocación de servicio, abrir de par en par las puertas de los partidos, devolverle la palabra a la militancia genuina y al ciudadano anónimo, y destruir de una vez por todas el cerco de una partidocracia que secuestró la representación popular para convertirla en una mercancía.

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La reconstrucción de la Argentina sólo será posible mediante una verdadera revolución educativa que devuelva al conocimiento el lugar que nunca debió perder. Recuperar la excelencia de la educación, jerarquizar la formación técnica, incorporar la programación y los idiomas, y vincular las universidades, el CONICET y la investigación con las empresas y la producción debe convertirse en una política de Estado. Ningún país alcanzó el desarrollo despreciando el conocimiento: Corea del Sur pasó de la devastación a ser una potencia tecnológica gracias a la educación y la innovación; Finlandia cimentó su progreso en la excelencia educativa; e Irlanda impulsó su crecimiento integrando universidades, ciencia y empresas. Argentina posee el talento humano para recorrer ese camino.

Mientras la solución del futuro venga del nefasto pasado, la Argentina seguirá decayendo hasta inclusive sembrar las bases de la fragmentación del país en muchos estados.

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